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Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”, afirma el artículo 18 de nuestra Constitución.

La realidad que viven los internos a manos de sus semejantes y las precarias instalaciones de estas instituciones por falta de políticas públicas -existe un hacinamiento atroz que, muchas veces, duplica o triplica la capacidad de los pabellones- hace que dicho artículo sea, sencillamente, letra muerta.

El maltrato -o bullying- es una agresión intencional, repetida y con un desbalance de fuerza física y/o mental. El bullying más conocido es el que acontece en instituciones escolares donde asisten niños y adolescentes. Sin embargo, también puede ocurrir en otros ámbitos o instituciones, como los hospitales, geriátricos, fuerzas armadas o penitenciarias. En estas últimas entidades ha sido escasamente estudiado en el mundo y los pocos trabajos al respecto son mayormente de Inglaterra.

En la Argentina, este tema está prácticamente ignorado e -incluso- para muchas personas el maltrato que allí sucede es algo menor debido a que se trata de personas que han violado la ley, por lo cual, carecen de cualquier tipo de derecho.

El bullying en instituciones penitenciarias no es una mera extensión del escolar. Al contrario, tiene características especiales, como el baroning, un tipo de maltrato en el cual un interno le presta dinero u otras pertenencias a un compañero -ropa, cigarrillos, etc.- para luego extorsionarlo o cobrárselo a un precio mucho mayor. Muchas de las mercancías que presta pueden ser ilegales y se las conoce como “bagayo”. Asimismo, la definición de bullying habla de “reiteración”. No obstante, en dicho ámbito pueden ocurrir hechos de gran violencia -por ejemplo, una golpiza o un abuso sexual-, con los cual basta un solo hecho de agresión padecida o simplemente ser testigo para infundir un gran temor en el resto.

Finalmente, el tema de la intencionalidad puede no ser tan claro. Un interno, por ejemplo, puede esparcir un rumor falso (“fulano es asesino de mujeres o femicida”) que conlleva a que la noticia se comente masivamente hasta, finalmente, conducir a que un grupo lo golpee salvajemente. De este modo, ¿hasta qué punto el sujeto que esparció el rumor inicial tuvo la intención de generar un daño de tal magnitud?

Otro aspecto interesante es que el bullying en internas mujeres está todavía menos investigado debido a que ellas representan solamente el 5% de la población carcelaria. De este modo, las mujeres privadas de la libertad son grupos todavía más desatendidos al constituir una minoría. ¿Escucharon alguna vez de un motín en una penitenciaría de mujeres?

Por todo lo dicho, una investigación dirigida por el Doctor Santiago Resett y su grupo de la Universidad Argentina de la Empresa/Conicet se llevó a cabo en la Unidad Penal N° 1 y en la Unidad Penal N° 6, ambas de Paraná; en la Unidad Penal N° 5 de Victoria y en la Unidad Penal N° 4 de Concepción del Uruguay. Todas albergan varones adultos, con la excepción de la Unidad 6 que es para mujeres adultas.

Se constituyó una muestra de 693 internos masculinos adultos y una de 50 adultas femeninas. El estudio se llevó a cabo en el año 2019 y fue autorizado por la Dirección General del Servicio Penitenciario de Entre Ríos. Se entrevistó a los internos o se les leyó una encuesta que incluía preguntas y test psicológicos.

Para medir el maltrato, se empleó el Direct and Indirect Prisoner Behaviour Checklist–Revised que mide victimización y llevar a cabo el bullying, inquiriendo sobre bullying verbal, físico, sexual, a la propiedad, relacional y psicológico; además de otros tipos de preguntas. Este es un prestigioso instrumento originado en Inglaterra y por primera vez se usó en español. Los cuestionarios fueron completados en los talleres o dentro de los pabellones.

Con respecto a la muestra de los internos varones, el 32% estaba recluido por homicidio o intento de homicidio, el 23% por narcotráfico o narcomenudeo, el 23% por robo o hurto, el 17% por abuso sexual y el resto por otros delitos.

 

En lo relativo a las mujeres, el 60% estaba condenada por narcotráfico o narcomenudeo, el 14% por homicidio o intento de homicidio, el 8% por robo o hurto y el grupo restante por otros delitos.

El rango de edad fue de los 18 a los 74 años (media de edad = 35,3). La media en meses de reclusión fue 58 meses. Un 29% se trataba de internos que habían estado antes privados de la libertad. Un 98% era de nacionalidad argentina.

Con respecto a las formas más comunes de maltrato sufrido en el último mes, un 42% afirmaba que otros internos “le sacaron el cuero”, con 10% sufriéndolo siempre. Un 34% decía haber sido “aterrorizado por otro interno”, con un 8% padeciéndole siempre. Finalmente, un 36% indicaba que “otro interno dijo mentiras sobre mí”, con 4% sufriéndolo siempre.

Las formas menos frecuentes eran las sexuales -fui violado, por ejemplo- con menos de 1% señalándolo y “me obligaron a enviar dinero a la familia de otro interno” con un 1% también. Del mismo modo, solamente un 2% sostenía haber sido obligado a lavar los utensilios de cocina o tuppers del pabellón (“ser agarrado de gato o lavatuppers” en sus palabras). En muchas ocasiones, esta situación puede ser padecida bajo el mando del poronga del pabellón.

Como ponen de manifiesto estos resultados, las formas más frecuentes de maltrato son las llamadas relacionales -destruir la reputación de otra persona, como decir mentiras sobre alguien-. Esto no es sorprendente en este contexto ya que es una forma muy sutil de agredir a otro; incluso puede ser llevada a cabo sin el conocimiento de la víctima y es difícil de ser detectada por parte del servicio penitenciario.

En cambio, formas más graves, como los abusos sexuales, son infrecuentes. Algo llamativo y alarmante es que un 22% indicaba haber recibido, al menos alguna vez, una puñalada o “facazo” por parte de otro interno.

Un 50% señalaba que alguna vez se tuvo que “parar de manos” para defenderse de un interno.

Mujeres y varones no diferían en los niveles de llevar a cabo el maltrato -la penitenciaría de mujeres y de varones eran iguales de violenta-, con la única diferencia del maltrato físico que era más frecuente en la población de varones.

Quienes habían estado previamente recluidos en una penitenciaria informaban llevar a cabo mayores niveles de maltrato físico y verbal. También el tiempo de estar recluido se asociaba con mayores niveles de ejecutar estas dos formas de bullying. Del mismo modo, quienes se hallaban condenados por causas de homicidio/intento de homicidio y robo/delitos contra la propiedad mostraban mayores niveles de maltrato hacia los demás (muchos de estos internos son conocidos por el resto como cachivaches).

Quienes se hallaban privados de la libertad por este tipo de causas, como también por delitos contra la integridad sexual, como las violaciones, también indicaban sufrir un mayor grado de maltrato.

Una pregunta abierta que se les hizo a los internos fue “¿qué aprendiste estando en la cárcel?”.

A nivel de los aspectos positivos, la gran mayoría resaltaba “valorar más la familia”, “aprendí un oficio”, “aprendí a convivir con los demás” o “valorar más la libertad”.

No obstante, algunos señalaron dimensiones negativas, como “mucha maldad”, “desconfiar de los demás” o “armar facas y arpones”.

Un interno señaló con sabiduría mientras fumaba un cigarrillo: “en la cárcel no se duerme, se descansa” para señalar que todo el tiempo se debe estar alerta.

Un 7% destacaba que no había aprendido nada en su estadía o estando en la “tumba”.

En síntesis, los resultados de esta investigación única en nuestro país señalaban que las penitenciarías no son tan violentas como muestran series como El Marginal -con su entrañable personaje de Diosito– y que las agresiones graves, como las sexuales, no son moneda corriente. Sin embargo, estas instituciones presentan niveles no menores de violencia entre los internos y factores -como el haber estado antes privados de la libertad o un mayor tiempo de reclusión- incrementan el maltrato.

 

Breve diccionario tumbero para entender las penitenciarías:

 

Arpón: especie de lanza de madera con una punta de metal o una faca atada en su extremo para pelear a la distancia.

Bagayo: bulto o mercancía metida ilegalmente.

Cachivache: interno que es muy agresivo, consume mucha droga o que no respeta las reglas de convivencia.

Faca: improvisado cuchillo hecho con un pedazo de metal -como el elástico de una cama- o hasta con un hueso de costeleta.

Facazo: herida provocada por una faca.

Gato: interno sumiso o sometido que generalmente hace las labores domésticas del pabellón. También se lo llama lavatuppers por dicho motivo.

Pararse de manos: tener que defenderse de una agresión o provocación. Existe un código tumbero y este es uno de ellos: nunca evadir una afrenta o uno puede terminar de gato de otro interno.

Poronga: jefe o quien manda o “lleva” el pabellón. Generalmente es un interno con experiencia dentro del ambiente carcelario y con un extenso prontuario.

Pabellón: edificio, ala o sección de la penitenciaria en la cual se encuentran distintas celdas o “ranchos”. Hacer “ranchada” significa una reunión para comer o tomar mate que hacen los internos más afines entre ellos. “Rancho” se denomina también a un amigo dentro del pabellón. “Ajuste de ranchada” es el castigo o reprimenda que se le aplica a un interno por no respetar las reglas del pabellón.

Tumba: cárcel. También se le llama así a la cama de cemento que existe en las celdas de contención o “buzones”.

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Paola Ponroy
paola@pypnews.com

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